26 de junio de 2005

Aprender

Cuando era pequeña tenía unas amiguitas. ¡¡Las quería tanto!!
No se cual era la razón que me despertaba tanto cariño, tal vez el hecho de que nadie las quería. O que eran mis aliadas del juego cotidiano.
Si señor, yo jugaba con ellas. Con mis manos pegajosas, hacia que mis amiguitas pasen de un dedo al otro. Pronto como El Principito al zorro (o viceversa) las fui domesticando. Lograba que ellas me tengan confianza, y yo confiaba en ellas.
Los vecinos, que me veían hablar “sola”, no entendían… cuando se acercaron a preguntarle a mi mamá ella le dijo que no hablaba sola sino con las mosca… Menos entendieron.
Pronto no falto el que me contó… que ellas, MIS amigas, cada vez que se apoyaban me defecaban. Fue ahí, cuando perdí la confianza en ellas.
Si hubiese aprendido en ese momento, que no solo ellas hacen eso, me hubiese ahorrado tantos golpes…

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